A tal criado, tal amo
Petronio
Lo recuerdo perfectamente desde la lejanía de mis primeros cuatro años de existencia, como si lo hubiese visto apenas ayer: vestido impecablemente de blanco, con su delgadez extrema, los lentes de metálico armazón reposando en su rostro anguloso, con la calva extendiéndose a la parte superior de su testa, a la que arropaban abrazándola casi, cabellos muy ralos y níveos en derredor. Gastaba siempre zapatos negros impecablemente lustrados y una leontina que era mi admiración y su orgullo. No fumaba, pero recuerdo era afecto al vino, particularmente al tinto, con que acompañaba sus comidas. De voz suave pero siempre segura, caballero en la más completa acepción de la palabra, sus modales denotaban hidalga cortesanía, rescoldo de épocas pretéritas que demostraban que en Yucatán la hospitalidad no es un mito.
Recuerdo su casa solariega, que visitábamos invariablemente a partir del mes de mayo, en plena época de lluvias. Quizá por eso, cada vez que evoco tal reminiscencia, la asocio con aroma a campo, que es decir lo mismo olor a tierra mojada, a lluvia recién caída y a pan casero recién horneado en receptáculo de leña.
La casa del abuelo era enorme. Tenía además de las habitaciones, un zaguán del que no puedo precisar el uso (si fungía como caballeriza o a manera de garage), la espaciosa sala adjunta que albergaba su escritorio, las puertas batientes de acceso a su recámara con la cama enorme, un gran ropero y un tocador basto y macizo. A continuación, un pasillo con un baño, el comedor con una mesa larga, que me figuraba era capaz de alojar infinito número de comensales y la cocina, ese santuario inaccesible donde merced a una mezcla a partes iguales de magia y alquimia, emergían los más suculentos manjares a los que era proclive.
Lo recuerdo dúctil, platicador, increíblemente cariñoso y atento a las observaciones que como buen niño curioso y citadino le hacía. Paciente de modo inaudito, me permitía para asombro de mi padre, tomar el derringuer en mis manos (sin balas obviamente) y hasta la carabina que colgaba de forma sempiterna sobre su escritorio (debo confesar que me atraía, mas no en exceso habida cuenta de su peso, superior a mis infantiles fuerzas).
La gente se expresaba de él con reverencia, casi sacramentalmente. Era mi tío abuelo Guillermo Barrera Gómez, el amo de la localidad y de su casa, señor de horca y cuchillo, dueño de vidas y haciendas. Cabeza de poderosa familia que determinaba cuanto ocurría en la región. Destino de cuanta peregrinación se hacía en busca de consejo o de justicia.
Recuerdo su auto, con interiores rojos, con el chofer esperándolo displicentemente a su vera y en el que quise siempre salir a pasear, sin que cosa realmente rara, mis deseos se vieran satisfechos.
Recuerdo ser motivo de su amor y de su orgullo. Por supuesto, yo era el futuro, la confirmación y promesa de prolongación de su linaje, nuestra estirpe. Además llevaba su nombre, prenda que cuidaba con ese celo especial que los caballeros de prosapia, utilizan para preservar su honor. Yo era el receptor de ese cariño tan especial que los abuelos suelen impostar, particularmente cuando no se ha tenido descendencia.
Lo recuerdo acompañándome a recibir mi diploma de párvulos. Felicitándome por los logros obtenidos. Proyectando esa ternura con que sabía cobijarme.
Fuerza es admitir que distaba yo de corresponder a la dulzura que me dispensaba. No quiero decir con esto que no le amara. Por el contrario, era probablemente en tan temprana etapa, poseedor de las mayores deferencias que yo era susceptible de externar. Pero no siempre de manera pacífica. Según palabras de mi madre (de las que no dudo en absoluto), cierta vez tuvo la puntada de regalarme un violín, ansioso tal vez de constituirme en un virtuoso ejecutante y de solazarse con mis interpretaciones. Pero todo ello fue cancelado, cuando violín en ristre, blandiéndolo cual maza, le asesté vigoroso impacto, haciendo diana en el centro exacto de su calva, que asomaba de la hamaca en que reposaba a la hora de la siesta. Apenas se reponía del golpe asestado, pero se dio tiempo para impedir que mi madre me propinara la azotaina de rigor que la fechoría ameritaba. Era un tipazo.
Presidente municipal en varias oportunidades de su localidad de origen, manejó los fondos públicos con escrupulosa honradez. Tan es así que la imagen municipal, con su respectivo equipamiento, fue prácticamente la misma por un prolongado período de años. Como si el tiempo se hubiera estacionado en la comunidad.
Protector convencido de los débiles, la gente lo miraba con admiración y respeto, sin que hiciera uso indebido o abuso de su poder económico o político. Encarnó en la práctica, el concepto de cacique en la acepción de genio tutelar y mecenas y no en cuanto a sátrapa o abusador.
Poseía una filosofía singular, cuenta mi padre, abrevada en las aguas procelosas de la vida, toda vez que no pudo acudir a las aulas como fue signo de sus tiempos. Hombre temeroso de Dios y de acendrada espiritualidad, supo establecer perfectamente las diferencias entre devoción y fanatismo. Un solo amor tuvo que fue su fe y motivo principal de su existencia. No tuvo en suerte por razones que solo a nuestro Creador competen, verse bendecido con la dicha de una prole. En virtud de eso y ante la muerte repentina de mi abuelo paterno, se hizo cargo de la formación y guía de mi padre, con ejemplar solicitud y atingencia.
Compañero y conocedor de quienes participaron en la revuelta armada de principios del siglo XX, siempre deploró los agravios inferidos a la verdad y la justicia por una cáfila de oportunistas, que nunca procuraron servir sino ser objeto de lacayuna admiración. Por él supe (aunque en aquel entonces no atinaba a entenderle) que las cosas no siempre son como consigna la historia y que ésta, la escriben los vencedores, menoscabando las mas de las veces la autenticidad de lo acontecido. No me enteré nunca que nadie lo llamara expoliador o tirano. Nunca escuché un comentario vertido en su contra, ya fuera por amigos o subordinados.
Una anécdota familiar lo retrata en su exacta dimensión, de cuerpo entero: a raíz de un festejo familiar, un pariente conocido por su afición a las bebidas espirituosas, se puso notoriamente impertinente y vertió una serie de expresiones desafortunadas. El abuelo Guillermo permaneció impertérrito y cuando la actitud del díscolo era ya francamente insoportable, lo invitó a despecho de su provecta edad para arreglar las cosas como los hombres, toda vez que su educación le impedía ofrecer semejante espectáculo a los ojos de damas y menores. Huelga decir que el reprendido, no accedió tal vez por lo sorpresivo de tan inesperada propuesta o por el respeto debido a las canas.
Hombre de vigor y vitalidad excepcionales, lazaba a una edad ya avanzada y hasta el fin de sus días, pasados los noventa años, se mantuvo erguido y bien plantado.
Súbitamente una trombosis segó sus días. Yo extrañado y sin comprender a cabalidad, contemplaba confinado en la cama ese ser todo vigor y energía, hasta que quedó vacía. Me dijeron que se había ido con los ángeles y yo entendí que a la ciudad de California, por lo que esperaba ansioso su retorno, sabedor de la munificencia del abuelo. Transcurrido el tiempo y habiendo yo crecido en edad, supe que había muerto.
Noni, como le llamábamos cariñosamente, nos dio la más importante herencia que un ser humano puede recibir: el orgullo de poseer un nombre limpio, transmitido por un hombre bueno. La mejor forma de honrar su memoria,
(cosa que por supuesto, inculcaré a mi hijo) es persistir transitando en la senda trazada por el mismo.
No cabe duda que existe una gran diferencia entre provenir de un linaje de perdularios o villanos, a tener la honra de ser parte de la descendencia de un cacique, como fue mi abuelo. Me precio de ello.
POST SCRIPTUM.- Este cinco de julio es preciso emitir un voto en conciencia y elegir a los mejores hombres y mujeres para representarnos ante los asuntos del mayor interés nacional. Que Dios nos ilumine para ello. No le fallemos a México.
Pilar Faller, ¡Que gusto volver a verte! No cabe duda que la vida es el arte del encuentro. Te encontré donde jamás lo habría esperado. Estás imponentemente guapa. El tiempo no ha pasado por ti. Sigues teniendo esos ojos azules que con una sola mirada dicen: dese preso. Saludos cordiales.
Guillermito: Noni estaría orgulloso de ti si pudiera verte (y estoy seguro que lo está allá en el cielo). Procura conducirte siempre como un hombre de bien. Un nombre limpio es la mejor herencia que un hombre honrado puede dejar a sus descendientes. Te amo infinitamente ratoncito cachetón. Besitos.